Cosas de chicas

Desde hace mucho tiempo transito por el camino del feminismo. No me di cuenta cuando empecé a ver mi realidad con otros ojos, con gafas violetas. No fui a ninguna conferencia ni estudié nada relacionado, simplemente entendí que acatar y complacer no era el único camino. 
Recuerdo estar planchando la ropa de toda la familia un sábado por la tarde, en pleno verano. Tendría unos veinti pocos. Mis hermanos, menores que yo, estaban por ahí con sus amigos. Ese fue el último día que les planché la ropa. Me sentí tonta. Hasta ese momento no había percibido lo desigual que era la situación. Nunca me gustó planchar, ni se me daba bien, pero no era ese el tema. Se trataba de que era algo que tenía que hacer por ser mujer. 
A partir de ese día, ni mi madre ni yo volvimos a pasar un sábado "haciendo las cosas de casa", esas "cosas de chicas". 
Esa determinación no fue comprendida por mi padre. Con él también funcionaron mis gafas violetas porque yo nunca había creído que fuese una persona machista. Pero lo era y, en muchas ocasiones, sale de su boca la frase "el feminismo bien pero...". Sin embargo, en una conversación reconoció que la carga de trabajo que tenían él y mi madre en casa estaba completamente descompensado. Fue la primera vez que lo escuché decir que no había compartido las tareas de casa, que ella cargaba con los deberes del cole, la limpieza, las comidas y, como si fuera poco, su propio trabajo como profesora, mañana y tarde, cada día de la semana. 

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